Julio Armas, Medico de Urgencias en el Hospital Universitario de Vinalopó. Elche (Alicante)


Cuando empezaba a escribir estas líneas para la revista lo hacía desde la perspectiva de un médico de urgencias convencido y enamorado de su profesión, alguien que lleva más de 12 años entre turnos de noche y días completos. Han pasado por mis manos muchos pacientes complejos, he tenido que tomar decisiones difíciles, he sufrido durante la realización de técnicas intervencionistas, pero jamás he logrado superar la tristeza y el dolor de los familiares cuando empezamos nuestro discurso con: “hemos hecho todo lo posible, pero…”

En nuestra formación nos enseñan a diagnosticar y a tratar a los pacientes que llegan a nuestros servicios, nos enseñan a funcionar según protocolos clínicos, pero se le olvida que el médico debe primero mirar a los ojos y entender el dolor ajeno, a eso le llamamos empatía.

Os voy a contar una historia que nos sucedió hace muy pocos días. Se trataba una transicional mujer de 18 meses que derivaban desde el centro de salud por un episodio de fiebre y molestias al orinar. Al llegar a nuestro servicio destacaba la palidez cutánea y la facie que impresionaba de gravedad. Inmediatamente se activó el protocolo diagnóstico y múltiples posibilidades empezaron a tomar forma. Los médicos de urgencias queríamos valorar una posible sepsis de origen urinario, los pediatras buscaban entre enfermedades hematológicas de debut súbito.

Los profesionales de enfermería, los de urgencias y los de la planta de pediatría, intentaron varias veces canalizarle una vía periférica, los médicos de urgencias pasamos a valorarla en múltiples ocasiones, también la pediatra, la hematóloga. Algo se nos olvidaba, ya teníamos el diagnóstico y era devastador: Leucemia linfoblástica aguda.

Todos estábamos afectados por la noticia, pero celebrábamos el haber llegado hasta el diagnóstico, hasta que una cara desencajada y rodeada de lágrimas nos preguntó: -¿Qué le pasa a mi niña, se va a morir?

Se nos había olvidado que su madre poco podía entender de nuestras idas y venidas, de nuestras palabras técnicas, no podía entender cuando hablábamos de lámina periférica, de anemia grave o de formas blásticas. Tampoco podía suponer que una infección de orina necesitaría tantas pruebas y tantos profesionales.

Recuerdo a la auxiliar de enfermería que estaba de turno en Pediatría, que con los ojos llenos de lágrimas, me pidió encarecidamente que informara a la madre de todo lo que estaba pasando, y ahí me di cuenta que se nos había olvidado lo más importante: la empatía con el acompañante.

Debemos dejar atrás las caras largas y las infinitas ganas de sobresalir por hacer el mejor diagnóstico, y empezar a llamar al paciente por su nombre, y no “el dolor torácico del Box 12” o la “neumonía del 16”. Necesitamos menos tecnicismos y más amabilidad, menos títulos y más empatía; más sonrisas y menos caras largas, desafiantes e inaccesibles, más amor y muchísimo más compromiso.

Tenemos un camino largo para recorrer, un camino plagado de muchísimos obstáculos, de sistemas gerenciales obsoletos y jefes incompetentes, de sistemas de salud arcaicos y que olvidan por completo a sus profesionales y entornos hostiles para el paciente y sus acompañantes.

No podemos permitir que nuestros pacientes esperen en pasillos hacinados y con condiciones paupérrimas de salubridad, que los acompañantes no tengan una silla donde poder descansar. No podemos permitir que el dolor y la desidia se apoderen de nuestras salas de espera, que veamos personas en el suelo y no seamos capaces de reaccionar.

Si queremos una urgencias más amables y más accesibles tenemos que eliminar el desamparo del paciente y los familiares hablándole con palabras sencillas, explicando hasta la saciedad los procedimientos y el manejo propuesto. Debemos ser amables, claros y concisos, no hacer juicios de valor ni menospreciar la opinión ajena.

Nuestra labor debe centrarse en el Decálogo del Proyecto HURGE (Humanizando las urgencias y emergencias):

  1. Sé amable.
  2. Identifícate.
  3. Escucha.
  4. Comunica.
  5. Empatiza.
  6. Acércate.
  7. Proporciona comodidad.
  8. Facilita la accesibilidad.
  9. Respeta el descanso.
  10. Respeta.

Y yo añadiría una más: SONRÍE.

La empatía comienza con la primera mirada, el saludo de cortesía y las palabras de aliento. Los pacientes buscan en nosotros la cura para sus males, nosotros además debemos ofrecerle una cura de humildad y es en ese momento, cuando te devuelve el gesto con un sonrisa, que te das cuenta que el sacrificio ha merecido la pena.